Carnación
Desde el comienzo, el espectador ha de enfrentar un ritmo que, lejos de resultar
complaciente, lo sitúa en una singular cercanía con lo que sucede en la pieza.
Pronto descubre que aceptar esta complicidad significa estar dispuesto a experimentar el mismo ejercicio de liberación que ha de experimentar quien baila, y siente que su propio deseo dilata y contrae su experiencia del tiempo, de lo real.
Encontramos un entramado de gestos que captan la pulsión intempestiva del baile de Rocío Molina, capaz de reunir imaginarios entre lo antiguo y moderno, lo sacro y lo profano.
No se trata de desviar la mirada sobre nuestro tiempo sino, más bien, de todo lo contrario : resulta necesario mirar la oscuridad de nuestra época, restituir el pasado perdido sin obviar los frutos del presente.
Y es que, siguiendo la máxima desarrollada por el filósofo Giorgio Agamben en su ensayo sobre el significado de lo contemporáneo, paradójicamente quien es contemporáneo a su tiempo es aquel que no coincide exactamente con él.
Atravesamos, de este modo, un tiempo al margen del tiempo, una historia al margen de la historia, para realizar un tránsito en el que el deseo aparece en forma de ritual y de éxtasis, de una experiencia insaciable en la que caemos para recaer, y que solo en su punto álgido se nos muestra en forma de poesía y, de alguna manera, revelación. Y es que solo desde lo poético se puede mostrar lo profundo. Ernesto Cardenal escribe que, en realidad, «el verso es el primer lenguaje de la humanidad». Es así, retornando al primer lenguaje humano, el del canto y el baile, como se establece un compromiso: lograr, como en todo acto poético honesto (y estos son escasos), decir lo que se presenta, y tan solo si no se va más allá, como indecible.
Pronto descubre que aceptar esta complicidad significa estar dispuesto a experimentar el mismo ejercicio de liberación que ha de experimentar quien baila, y siente que su propio deseo dilata y contrae su experiencia del tiempo, de lo real.
Encontramos un entramado de gestos que captan la pulsión intempestiva del baile de Rocío Molina, capaz de reunir imaginarios entre lo antiguo y moderno, lo sacro y lo profano.
No se trata de desviar la mirada sobre nuestro tiempo sino, más bien, de todo lo contrario : resulta necesario mirar la oscuridad de nuestra época, restituir el pasado perdido sin obviar los frutos del presente.
Y es que, siguiendo la máxima desarrollada por el filósofo Giorgio Agamben en su ensayo sobre el significado de lo contemporáneo, paradójicamente quien es contemporáneo a su tiempo es aquel que no coincide exactamente con él.
Atravesamos, de este modo, un tiempo al margen del tiempo, una historia al margen de la historia, para realizar un tránsito en el que el deseo aparece en forma de ritual y de éxtasis, de una experiencia insaciable en la que caemos para recaer, y que solo en su punto álgido se nos muestra en forma de poesía y, de alguna manera, revelación. Y es que solo desde lo poético se puede mostrar lo profundo. Ernesto Cardenal escribe que, en realidad, «el verso es el primer lenguaje de la humanidad». Es así, retornando al primer lenguaje humano, el del canto y el baile, como se establece un compromiso: lograr, como en todo acto poético honesto (y estos son escasos), decir lo que se presenta, y tan solo si no se va más allá, como indecible.