Vuelta a Uno
Vuelta a Uno llega lo terrenal, tras bucear en la oscuridad y abrir los ojos al abismo.
Caminamos con piel jubilosa, sintiendo el regocijo de las emociones mundanas, la dicha de volver a habitar el cuerpo tras haber vivido sumergidos en nuestro reflejo. Este retorno a lo corpóreo es una celebración, aparece el tacto, lo turgente, lo masticable, todas las alegrías y efervescencias de la carne.
Vuelta a Uno es reencuentro con lo vivo, con la euforia y el goce, es tierra embriagada a compás de bombeo que nos recuerda que somos materia y respiración alterada, donde el alma intenta escapar, elevarse, y así volver a hacerse Uno con el todo.
La llegada de todo lo mundano nos permite abrazar tiernamente la otredad y fundirnos en ella. Ahora es posible ser con el otro que ya no es intimidante sino acompañante. Nos reconocemos en todo lo profano compartido para poder ser juntos y libres. Aparece el lenguaje común y se pierden las aristas para crear espacios jugosos y moldeados a medida.
El encuentro escénico comienza en una cercanía de aire imantado, inaudita en sincronía y espontaneidad. La guitarra de Yerai juega incansable y el cuerpo de Rocío no puede dejar de acudir a su encuentro, se rinden a la turbación de la mutua ofrenda, al poder que desata su colisión. Generan un vínculo intenso y vivo que nos atrae a una dimensión íntima de total comunión. Transitamos por la atracción, la seducción y el arrobo. Este camino de regreso a Uno es placer rebosante, estremecimiento, carne palpitante y piel convulsionada, ansias en amores inflamada para ser en el nosotros.
En su éxtasis no hay lugar para esconderse, ni emociones que no queden a la vista, estalla y destruye todo intento de contención.
Caminamos con piel jubilosa, sintiendo el regocijo de las emociones mundanas, la dicha de volver a habitar el cuerpo tras haber vivido sumergidos en nuestro reflejo. Este retorno a lo corpóreo es una celebración, aparece el tacto, lo turgente, lo masticable, todas las alegrías y efervescencias de la carne.
Vuelta a Uno es reencuentro con lo vivo, con la euforia y el goce, es tierra embriagada a compás de bombeo que nos recuerda que somos materia y respiración alterada, donde el alma intenta escapar, elevarse, y así volver a hacerse Uno con el todo.
La llegada de todo lo mundano nos permite abrazar tiernamente la otredad y fundirnos en ella. Ahora es posible ser con el otro que ya no es intimidante sino acompañante. Nos reconocemos en todo lo profano compartido para poder ser juntos y libres. Aparece el lenguaje común y se pierden las aristas para crear espacios jugosos y moldeados a medida.
El encuentro escénico comienza en una cercanía de aire imantado, inaudita en sincronía y espontaneidad. La guitarra de Yerai juega incansable y el cuerpo de Rocío no puede dejar de acudir a su encuentro, se rinden a la turbación de la mutua ofrenda, al poder que desata su colisión. Generan un vínculo intenso y vivo que nos atrae a una dimensión íntima de total comunión. Transitamos por la atracción, la seducción y el arrobo. Este camino de regreso a Uno es placer rebosante, estremecimiento, carne palpitante y piel convulsionada, ansias en amores inflamada para ser en el nosotros.
En su éxtasis no hay lugar para esconderse, ni emociones que no queden a la vista, estalla y destruye todo intento de contención.